Diferencias del movimiento burgués reformista de mujeres (feminismo) y del proletario revolucionario (comunismo). Guía de trabajo por la emancipación de la mujer

Este artículo surge como tarea para corregir los errores teóricos planteados durante los debates de LA MAZA sobre la caracterización del feminismo. Según el debate mantenido por la militancia de La Maza: Organización Comunista, se expone como posición de algunos de los militantes la caracterización del feminismo, en sí mismo, como movimiento burgués. Atendiendo a, no sólo, su realidad histórica y su desarrollo, sino el planteamiento teórico y sus logros contando objetivos y consignas llevadas a cabo por este movimiento. Este documento se funda en esta afirmación ya alineada con el cambio de línea de la organización que sigue en proyecto de desarrollo y estudio.

Comencemos haciendo una breve síntesis de lo que, en otros artículos, ya hemos definido como feminismo tratando de ampliar y profundizar en estas ideas. El feminismo se puede definir como un movimiento de masas que se remonta históricamente al s. XIX, clasificando esta etapa como “primera ola”, siendo la lucha sufragista la principal consigna del movimiento femenino. Consideramos que este movimiento no solo fue burgués en ese momento, sino también en la actualidad, dado que su esencia, como movimiento; no ha cambiado, tan solo ha ido evolucionando según el contexto histórico y las conquistas democrático burguesas.
Existía en ese momento una separación tajante, por parte de las comunistas, de la organización por la “emancipación de la mujer” como el movimiento de organización de las mujeres acomodadas que luchaban por su independencia económica y sus derechos para igualarse con el varón burgués, y de otra parte, la organización a la que las comunistas llamaban a generar, que marcaba el camino revolucionario de las obreras por el socialismo y por la conquista del poder obrero destruyendo el Estado burgués. En la actualidad, muchos comunistas tienden a olvidar (intencionadamente o no) esta separación y la distinción que marca la ideología que se desprende del movimiento femenino burgués, así como de la ideología obrera que genera con el movimiento femenino obrero y en la propia organización proletaria. Esta línea incorrecta de seguir los postulados feministas se da porque se comprende que cualquier “frente de masas”, en este caso uno tan masivo como el feminismo, es supuestamente revolucionario o al menos potencialmente revolucionario, o bien, tiene la hipotética capacidad; bajo su teoría ecléctica y sin método, de aportar al marxismo-leninismo un enfoque de “género”.

Sobra decir que ni el feminismo (con sus más amplias teorías) aporta nada en absoluto al socialismo científico, ni tampoco es un movimiento que vaya a traer la liberación y emancipación de la mujer. Es realmente una engañifa, hacer pensar al grueso de la población que el marxismo-leninismo necesita del feminismo para enriquecerse cuando, para el comunismo, siempre ha sido una tarea fundamental politizar, organizar y formar a las mujeres trabajadoras, ya que evidentemente, contemplan la mitad del proletariado, sin las mujeres el triunfo del socialismo es solo una quimera. Pongamos como ejemplo una mención que hace Lenin sobre la necesidad de orientar el movimiento obrero femenino en torno a las tareas de trabajar por el Poder soviético.

“Pero el régimen soviético es la lucha final y decidida por la supresión de las clases, por la igualdad económica y social. A nosotros no nos basta la democracia, ni si quiera la democracia para los oprimidos por el capitalismo, incluido el sexo oprimido. La tarea principal del movimiento obrero femenino consiste en la lucha por la igualdad económica y social de la mujer, y no sólo por la igualdad formal. La tarea principal es incorporar a la mujer al trabajo social productivo, arrancarla de la «esclavitud del hogar», liberarla de la subordinación -embrutecedora y humillante- al eterno y excepcional ambiente de la cocina y del cuarto de los niños. Esta es una lucha prolongada, que requiere una radical transformación de la técnica social y de las costumbres. Pero esta lucha terminará con la plena victoria del comunismo”. (V.I. LENIN. Con motivo del Día Internacional de la Obrera (1920). Pravda, 8 de marzo 1920, nº extraordinario, T.30, pp. 382-883).

¿Se necesita la teoría del enfoque de género en los clásicos marxistas? No. De hecho, la labor ardua y constante que ofrecen los y las teóricas comunistas sobre este campo es muy amplia y siempre aluden a los hechos que causan las desigualdades entre el hombre y la mujer: la cuestión económica, que reside en la existencia de este sistema de producción y la división sexual del trabajo que este dispone.

Se intentará reprochar que la lucha feminista ha logrado conquistas o la mejora general de la situación de las mujeres en la sociedad. A estas personas les preguntamos ¿acaso las conquistas democráticas, la isonomía que pretende la democracia burguesa como igualdad formal, permite a la mujer ser libre o situarse a la par que el hombre? Primero destacamos que la isonomía o las leyes feministas no cambian ni acaban con nuestros problemas que radican en el capitalismo. La inclusión de la mujer en el mercado laboral genera nuevas necesidades sociales, pero esta incorporación no se debe al feminismo, sino que es fruto de las relaciones de producción capitalistas, por lo que el capitalismo dispone la posibilidad a la humanidad de emanciparse de la producción patriarcal y sus relaciones sociales derivadas, otorgando a las mujeres desposeídas la necesidad de trabajar; y por tanto, de formar parte del uso de los medios de producción. La fuerza de las mujeres obreras es explotada por los capitalistas para aumentar su ganancia, impregnando de sesgos y prejuicios su incorporación al trabajo con los que justificar, en una primera fase del ingreso de la mujer al mercado de trabajo, la reducción de sus salarios con respecto a los de los hombres.
En este contexto el comunismo ha luchado siempre por la equiparación económica y política de la mujer al hombre, cosa que las feministas abanderan como logro suyo. Sin embargo, en buena medida es logro de la organización socialista internacional de mujeres dirigidas por grandes comunistas como Kollontai o Zetkin, mujeres que entre sus aportaciones está la creación y reivindicación del 8 de Marzo como Día Internacional para luchar por esta equiparación en el marco de la lucha por el socialismo, es decir, vinculando la equiparación de mujeres y hombres al proyecto político del comunismo; de la supresión de las clases sociales y la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción.
Luego lo que sí es “logro” de las feministas es separar a las obreras del movimiento revolucionario y llevarlas al neto reformismo. El voto de la mujer sin ir más lejos fue una medida que tuvo su principal impulso por parte de la Internacional Socialista de mujeres, pero como medio para aumentar la lucha de clases y nunca como fin en sí mismo. Mientras las comunistas abrieron estas posibilidades a la sociedad actual y aspiraban a la completa supresión de las desigualdades, las feministas dirigieron su movimiento hacia lograr la plena igualdad política y económica de mujeres y hombres burgueses, su interés final era formar parte de la herencia, gestión y explotación de la producción social.
Estos ejemplos sirven para ilustrar cómo el feminismo a nivel histórico, y más si cabe hoy en día; o al menos con la misma evidencia, sirve al interés de la burguesía, responde al modo de producción capitalista que a donde llega extingue el patriarcado por la presión de las relaciones sociales capitalistas. La lucha de clases entre la burguesía y el proletariado bajo el dominio de la burguesía es lo que provoca dos corrientes principales entre las mujeres obreras, una reformista guiada por la hegemonía de las ideas de la burguesía y otra revolucionaria. Sabemos que se da una lucha ideológica en el campo de la superestructura. Esto quiere decir que la fuerza y agente de cambio, o el sujeto revolucionario que es en este caso, la clase obrera; mayoría social, provoca ciertos cambios si se moviliza, como es obvio; pero estos cambios aún siendo mejoras en nuestras vidas, camino reformista, no deben ser nuestro objetivo final; cuestión que sirve para diferenciar la propuesta comunista de la propuesta feminista.
Entonces, cabe preguntarse hacia dónde queremos dirigir la lucha de estas masas enfurecidas por sus condiciones de vida precaria, ¿hacia acuerdos legislativos y formales que solo planteen una igualdad para aquellas mujeres que puedan verse beneficiadas de la ley burguesa? La mujer, en la práctica se ha liberado de algunas tareas, pero no de ser quien carga con la casa, la reproducción de la mano de obra y los cuidados. Esto se debe a que esa isonomía, esas conquistas en la formalidad burguesa, no fuerzan cambios sistémicos que es donde reside la verdadera desigualdad. Es decir, el feminismo no ha cambiado nuestra sociedad, el feminismo es consecuencia de la búsqueda de las burguesas de igualarse a los hombres de su clase; las masas proletarias en ese momento se desprendieron (y deben hacerlo hoy) de estos métodos para emprender el camino hacia la revolución, tomando las consignas pertinentes para mejorar la vida de las masas de mujeres trabajadoras por el camino.

De la misma forma, es consecuencia del desarrollo histórico (las mujeres comienzan a ir a la universidad, o sea, a participar del mundo intelectual burgués y de la potencial fuerza que supone este para engañar y desviar a las obreras de su camino revolucionario por otro reformista) que el feminismo, actualmente, se haya implantado institucionalmente, como teoría académica. Como lucha histórica conlleva un estudio de género, historia y conocimientos sociológicos burgueses, es decir, alejados del materialismo histórico con todo lo que ello implica de falsedad, que han provocado esta integración, como no podía ser de otro modo. Son numerosas las autoras que teorizan sobre el feminismo y la lucha femenina desde hace siglos. Estas autoras serían la vanguardia intelectual de los movimientos feministas, aquí podemos hacer también una gran distinción con respecto al camino revolucionario del marxismo-leninismo. Las teóricas feministas no pretenden como tal influir en la realidad para transformarla, y su labor es meramente intelectual, copando en muchos casos puestos políticos o bien, acomodadas como investigadoras. Muchos preceptos feministas son meras consignas formales, que apenas son entendidas por la mayoría de las declaradas feministas. Sin embargo, como teoría revolucionaria, el comunismo pretende involucrar a las masas y autoorganizar a la clase obrera, sin su vinculación en la práctica el movimiento está destinado al fracaso. Se necesitan de sus fuerzas y educación. Es la clase obrera, en su conjunto, quien debe conquistar su futuro. Ya que por contra, las burguesas ya gozan de numerosos derechos y, el más relevante bajo el capital, el derecho de la propiedad privada y de la independencia económica.

Cabe introducir en este momento uno de los conceptos que más confusión generan en las masas, creando una falsa causa de la desigualdad de la mujer en el capitalismo, el patriarcado. También debemos añadir que nosotros hemos hecho uso de este término de forma errónea o demasiado genérica, en estos estudios se pretende esclarecer qué es exactamente el tan sonado “patriarcado” y si actualmente es apto para describir el sistema.

El patriarcado es comprendido, en el marxismo-leninismo bajo el análisis materialista de la relación de dominación del hombre sobre la mujer en el ámbito social, económico y político, resultante del desarrollo de las clases sociales y la propiedad privada a lo largo de la historia. Esta relación orgánica en la que el hombre es quien hace uso de los medios de producción sociales y la mujer está relegada a la producción doméstica (1), es superada una vez se abre las puertas a la mujer en la producción social, es decir, una vez la mujer proletaria es incluida (dada la necesidad capitalista) en el mercado laboral. Superadas en el sentido de extintas, en la gran mayoría de las democracias burguesas. Esto no implica que exista igualdad entre el hombre y la mujer, ni mucho menos. Perduran actitudes machistas como que estas se ocupen de las labores domésticas, que forman parte de un trabajo de reproducción y cuidados. Estas, objetivamente no concuerdan con las relaciones igualitarias sociales de producción, al menos entre el proletariado, pero el capitalismo las alimenta por la propia desigualdad que genera y que también le es útil políticamente para dividir al proletariado por sexos; de la misma manera que se usa demagógicamente por el feminismo, señalando falsamente qué genera estas relaciones desiguales. También está la cuestión económica, vinculado a lo anterior, las mujeres trabajan menos tiempo que los hombres en empleos remunerados, entre otros factores como trabajos con bajos salarios o menor acceso a puestos superiores. Sin dejar de mencionar la violencia machista, la religión o el fascismo, todos ellos alimentados por el capitalismo mediante la ideología y la práctica material opresora que subyace de la posesión de los medios de producción. Es por tanto, un hecho el que sigue existiendo mayor opresión sobre la obrera, que es doblemente explotada (no por el hombre, sino por el capital); si bien se va disipando, dada la necesidad económica, cada vez más acuciante, de hacerse cargo de las labores domésticas de forma igualitaria debido a la integración social en el trabajo por parte de la obrera. Pero esa integración no será nunca total ni “liberadora” o “empoderante” si no se socializan el trabajo ni las labores domésticas.

“Al tener que dedicarse a los quehaceres de la casa, la mujer aún vive coartada. Para la plena emancipación de la mujer y para su igualdad efectiva con respecto al hombre, se requiere una economía colectiva y que la mujer participe en el trabajo productivo común. Entonces la mujer ocupará la misma situación que el hombre.” (V.I. LENIN. Las tareas del movimiento obrero femenino en la República Soviética, extracto del Discurso en la IV Conferencia de obreras sin partido de la ciudad de Moscú, el 23 de septiembre de 1919. Pravda, 25 de septiembre 1919, nº 213, T.30, pp. 22-23.)

Sin embargo, “el patriarcado” que se introduce en las teorías feministas, incluyendo aquellas que unen el feminismo con el comunismo, como el feminismo marxista, el de clase o socialista. Mantienen que la existencia actual del patriarcado, como sistema o estructura (ni si quiera se hace distinción, y a veces se concreta como ajeno al capitalismo, y otras veces entrelazado con él como parte de la superestructura ideológica) oprime a la mujer y sirve al capital para mantenerla esclavizada y doblemente explotada. Este supuesto patriarcado también ocasionaría el sistema binario de género y las violencias machistas. La realidad, como sabemos, es diferente. El capitalismo no necesita de una estructura o suprasistema que genere “x” o “y” violencias hacia la mujer, estas derivan directa o indirectamente de él. Es decir, el capitalismo se sirve y, por tanto, alimenta la sexualización y cosificación de la mujer, como cuerpo y mercancía; pero tampoco dejará al margen al hombre (también considerado, a fin de cuentas como mercancía). ¿Qué es lo que hace que haya una tendencia a que sea más feminizada este tipo de violencia? El capitalismo fomenta nichos de mercado (como el de la prostitución, el porno, etc) en base a las necesidades económicas de la mujer, que suelen ser mayores que las del hombre, como hemos visto; la cosificación humana como mercancia, en este caso sexual; y la precariedad enorme que sufren como colectivo dadas sus circunstancias, especialmente la de las mujeres trans, que el sistema rechaza. Además, el binarismo de género le sirve al capitalismo para: 1. fomentar estereotipos en base a la separación por sexos, según las necesidades capitalistas, 2. la atomización de las masas fundamentadas en las diferencias entre sexos (guerra de sexos), 3. fomentar luchas parciales como el feminismo en el que las conquistas son meros derechos formales y no tienen en sí mismos un fin revolucionario y 4. mantener más oprimidas a las identidades de género disidentes, especialmente entre las capas populares.

Tampoco son pocas las veces en las que el propio capital inicia campañas ideológicas que cambian el paradigma y critican los estereotipos de género en pos de su beneficio, por ejemplo, la integración de la mujer a los trabajos masculinizados en EE.UU. en el periodo de guerras (el famoso slogan “we can do it!”) y luego la devolución de las mujeres a la esclavitud de las tareas en casa en la época de depués de la guerra en los años 50. Al igual ocurre con leyes antiaborto, algunas veces propiciadas otras no en base a la necesidad de mano de obra requerida por el mercado.

Lo que suele ocurrir con los “bien intencionados” que apuestan por el feminismo -lo cual no quita que su práctica sea extremadamente nociva para el proletariado- es que no se sabe distinguir entre causa y consecuencia, o bien, que se malinterpreta la realidad sobre la existencia de violencias específicas hacia la mujer con la necesidad de señalar un culpable distinto del capitalismo, cayendo en teorías confusas que nos dicen que para destruir una cosa, primero debemos llevar a cabo una lucha feminista que impregne el comunismo con la necesidad del enfoque de género, etc. Es decir, da excesivas vueltas para llegar a unas conclusiones erróneas, mareando a las masas en sus teorías espontáneas o voluntaristas. Lo que necesitamos es un objetivo claro, ¿cuáles son los problemas de la mujer? ¿cómo se solucionan definitivamente? ¿cómo convencemos de la necesidad revolucionaria? Está más que demostrado que el feminismo donde “todo tiene cabida” no es la solución, así solo mantenemos el atraso de las masas, dando lugar a una teoría contrarrevolucionaria en la etapa actual imperialista, en la época de la revolución proletaria.

Se necesita de un movimiento obrero fuerte y unido, que desarrolle las consignas más sentidas por la población femenina, al igual que aquellas que sean pertinentes del colectivo LGTBIA o de las personas migrantes, que esencialmente como proletariado son las comunistas. Para ello, debemos convencer con la guía comunista, no con una teoría feminista con tiznes comunistas. En la situación actual, con un movimiento feminista tan amplio debemos aprovechar esa situación y participar en cada lucha, no como feministas de clase, falseando el comunismo, sino denunciando el carácter de clase burgués del feminismo y tratando de organizar y guiar a la clase obrera y las masas trabajadoras explotadas y oprimidas bajo la propuesta del socialismo científico.

Para nosotras como comunistas es importante realizar un análisis profundo sobre cada movimiento y sus implicaciones. No negaremos nunca las opresiones de género, raza, sexualidad, etc., es más, estas opresiones específicas deben ser integradas como un todo en nuestra lucha, puesto que también forma parte de ella. Siempre mediante consignas que atiendan a las diferentes identidades que componen la clase obrera luchando por la igualdad real no como “feministas”, como “antirracistas” o como “anticapitalistas”, sino como comunistas y eso implica poner en primer plano estas opresiones como nos relata Clara Zetkin:

Me estoy refiriendo a la publicación del libro de August Bebel La mujer y el socialismo. (…) Por primera vez se ponía en claro las relaciones que unen la cuestión femenina al desarrollo histórico; por primera vez, en este libro, se afirmaba que solamente podemos conquistar el futuro si las mujeres combaten a nuestro lado. Y hago estas observaciones como camarada de partido y no como mujer. (…) El principio-guía debe ser el siguiente: ninguna agitación específicamente feminista, sino agitación socialista entre las mujeres. No debemos poner en primer plano los intereses más mezquinos del mundo de la mujer: nuestra tarea es la conquista de la mujer proletaria para la lucha de clase. Nuestra agitación entre las mujeres no incluye tareas especiales. Las reformas que se deben conseguir para las mujeres en el seno del sistema social existente ya están incluidas en el programa mínimo de nuestro partido”. (Clara Zetkin; Sólo con la mujer proletaria triunfará el socialismo, 1896).

¿Por qué es importante que nos marquemos una línea de trabajo comunista en el movimiento de la mujer?

El movimiento de base del feminismo está integrado por mujeres trabajadoras (mayoría) y burguesas, con consignas particularmente ambiguas: el fin de la violencia machista, la calificación de violación en lugar de abuso sexual en el ámbito penal… Lo que no quiere decir que no existan intuiciones por parte de las mujeres obreras de la cuestión de clase, o una concepción total de ello. Pero esto no demuestra que el movimiento feminista no sea burgués, sino que estas mujeres están desarrollando una política burguesa, reformista y con resultados negativos para su clase y dividiéndola en una lucha de sexos muchas veces, atrasándose en los objetivos, y probablemente, “quemándolas” como posibles cuadros ya que trasladar sus posiciones a un movimiento tan ecléctico a nivel estatal no puede resultar otra cosa que un desastre. Estos sectores son precisamente los que nos interesan como comunistas, estos elementos más avanzados no deben girar hacia la consigna de un feminismo crítico o de clase, sino hacia la lucha comunista. Convencer y recuperar la lucha de la mujer obrera es un paso fundamental para nosotras actualmente.

No debemos luchar por generar un movimiento feminista de clase o revolucionario (puesto que dadas sus particulares contradicciones sería un fracaso), sino desnudar su carácter burgués y marcar una clara división con este, evidenciar las verdaderas causas de la mayor opresión de la obrera y organizar a estas por el camino de la lucha de clases realizada en el comunismo. Algo que ya hicieron en la práctica los comunistas de hace un siglo, como se puede ver en el trabajo realizado por el PCUS, Lenin, Zetkin, Kollontai, Marx, Engels, Bebel, Hoxha, Elena Odena, y la Internacional Comunista. Así, nuestra intervención en el feminismo debe ser en la defensa de la lucha de clases, del comunismo como el camino para la liberación, la unidad de trabajo entre el proletariado (indistintamente del género, raza o sexualidad), la creación del Partido proletario como órgano para unificar y guiar las fuerzas de la clase obrera. Esto implica que trabajemos fechas señaladas o campañas específicas, por ejemplo, en los almacenes donde hay una altísima cifra de obreras racializadas o en el sector de las camareras de pisos.

Otra cuestión es que como vanguardia revolucionaria debemos especializarnos en nuestro trabajo como comunistas, aquí entran numerosas cuestiones sobre las que formarnos. Es importante que no caigamos en la lógica feminista de mantener a las mujeres obreras en la cuestión femenina, que no las hagamos especialistas de la cuestión de género en la lucha feminista, como primeras afectadas es necesario que haya un posicionamiento fuerte y firme, pero como en cualquier otro militante. Su deber sigue siendo formarse y guiarse según los fundamentos del Partido. Si dejamos a las mujeres en la cuestión de la ética de cuidado y doméstica, de la educación… mantenemos unas dinámicas artesanales relegando en ellas un trabajo más “ético” que político, no siendo capaces de organizar verdaderamente a las masas y reproduciendo al final en la práctica los estereotipos feministas de que la liberación de la mujer es solo cuestión de ella, volviendo a la división sexual. Ser partícipes de la cuestión femenina, la cuestión racial, de la liberación de la sexualidad, etc. Es deber de cualquier militante, debe ser un trabajo colectivo.

Actualmente, la tarea de construcción del Partido es una de las más fundamentales que nos otorgará la fuerza y capacidad de organizar a la clase obrera, a través del marxismo leninismo, construyendo junto con las masas desorganizadas, trabajadoras y explotadas, el camino hacia la revolución. Esta tarea será necesaria a su vez para realizar un acercamiento real a las masas trabajadoras femeninas integradas en el feminismo y convencerlas de la vía comunista para su emancipación, colocándose al frente de estas en sus constantes luchas como obreras, aprendiendo sistemáticamente a dirigirlas en los hechos junto al resto del proletariado, adquiriendo, así, los medios para preparar conscientemente la derrota de la burguesía. Sobra decir que estas tareas son imposibles sin el Partido. A su vez, para construir el Partido debemos llevar un trabajo asumiendo una mayor apolitización por parte de la trabajadora, que surge de las condiciones concretas burguesas que sufren. Es decir, de un lado por su mayor alejamiento de la vida social y por la servidumbre familiar junto con los estereotipos, etiquetas y represión que la burguesía alimenta y sirve para justificar ideológicamente la mayor opresión de las obreras, o bien, para no mostrar la verdadera causa de esta.
Para destruir estas dinámicas es indispensable la vanguardia organizada de la clase obrera que pueda organizar y guiar a las obreras junto con el resto del proletariado y a las masas trabajadoras explotadas. La influencia del feminismo u otras corrientes burguesas sobre las trabajadoras son un grave peligro para el verdadero camino de la liberación de la obrera junto con el resto de su clase, la revolución socialista. Luchar contra la misoginia, la transfobia, el racismo y otros elementos reaccionarios alimentados con ahínco por la burguesía en las masas obreras y elevar su conciencia de clase revolucionaria será resultado de nuestro trabajo consecuentemente comunista, donde la práctica honesta de crítica y autocrítica es fundamental.

Uno de los ejemplos históricos de la conquista, no solo formal, sino de la realización del trabajo colectivo igualitario se da en el seno del Partido comunista como vanguardia del proletariado, ya desde sus inicios, y en la realización de la revolución en 1917 y la construcción a posteriori del socialismo. Es aquí donde se puede entrever los pasos que se podrán realizar como humanidad en torno a las cuestiones sociales al construir el socialismo, como decimos, avanzando más allá de la simple igualdad legal, hacia el trabajo igual gracias a la socialización de la producción y los medios de subsistencia y hacia la socialización también de la parte reproductiva.
En esa etapa histórica, sin embargo, muchas cuestiones sobre las identidades sexuales y de género, como el caso concreto de las personas trans, (creemos que ni siquiera considerados en esa época) eran desconocidas incluso para la vanguardia del proletariado debido al marco desde el que partían. SIn embargo, aún así no solo la cuestión de la mujer fue desarrollada correctamente, también la homosexualidad fue despenalizada e incluso especialmente, por lo que sabemos, desde 1925 se trabajó en la línea de normalizar su situación, adelantando prácticamente un siglo a las democracias burguesas en la cuestión legal, sobre la cuestión material, las puertas que abre el socialismo no se pueden ni siquiera imaginar para las masas trabajadores en el capitalismo. Dejamos algunas muestras (2) a continuación:

“La legislación soviética no interfiere en ninguna relación sexual, siempre que la misma sea consentida y tenga lugar entre dos adultos. La naturaleza de las actividades sexuales resultantes de tal relación es un asunto privado entre las personas involucradas. La cuestión de la moralidad pública no existe para la legislación en este caso. La legislación soviética considera a la homosexualidad, la sodomía y todas las otras formas de gratificación sexual, a las que la legislación europea presenta como una ofensa pública contra la moralidad, de forma exactamente igual a las así llamadas relaciones sexuales «naturales». Todas las formas de relación sexual son asuntos privados. La cuestión de la persecución penal sólo surge cuando se usa la fuerza y la coacción, como en el caso de una agresión». Legislación del gobierno de Lenin sobre la homosexualidad, 1925.

También como señaló Magnus Hirschfeld, médico alemán defensor de los derechos de los homosexuales, que viajó a Leningrado como invitado del gobierno soviético en 1926:


«Desde la revolución, la Unión Soviética ha realizado una obra gigantesca, el desmantelamiento del viejo sistema y la construcción de una nueva sociedad, de una nueva relación entre sexo y sociedad, es un logro que hace época. La homosexualidad ya no es
penalizada en la Unión Soviética, solo es penalizada la seducción de menores, para quienes la madurez sexual se especifica como la edad individual de consentimiento”.
Conferencia en el Hotel Russischer Hof de Berlín, 1926.

O como dijo en relación a la investigación de Hirschfeld el Comisario del Pueblo para la Educación de la Unión Soviética, Anatoli Lunacharsky, que visitó en 1927 el Instituto de Ciencias Sexuales de Hirschfeld en Berlin e informó de dicha visita en el diario Krasnaya de Leningrado, proponiendo crear un Instituto de Sexología soviético:

“La visita de Magnus Hirschfeld y su amistad con la Unión Soviética son necesarios, no solo porque él puede encontrar la realización de sus ideas entre nosotros, sino también porque nosotros podemos aprender mucho de él. La legislación estatal a favor de la libertad sexual, por supuesto, no significa en sí misma la cura de todas las heridas abiertas de nuestra vida sexual en la sociedad, también nosotros necesitamos la investigación científica a gran escala, atenta, exhaustiva, y probablemente también organizativamente coordinada, de la fobia contra la homosexualidad, así como las instituciones necesarias para su solución práctica apropiada.” Anatoli Lunacharsky, 1927.

Las premisas científicas sobre las que parte el marxismo leninismo sientan las bases para el libre desarrollo de la persona trabajadora, ya que no importa en sí el género o la sexualidad o sus rasgos raciales, no se excluía a ningún obrero en el método de la liberación proletaria puesto que la teoría marxista se basa en la máxima material de la división de la sociedad en dos clases sociales antagónicas. El comunismo permite desarrollar la igualdad real al eliminar las clases, al suprimir la propiedad privada y al construir otro tipo de sociedad en la que la producción es social, y por lo tanto, existe el reparto de la riqueza. Por eso, añadir el nuevo conocimiento que tenemos acerca del género y de la identidad, avances científicos, es relevante para comprender el desarrollo actual del mundo, y también de las luchas identitarias, para añadir en nuestro discurso estas consignas que desvíen a las y los obreros del colectivo LGTBIA o a las obreras y obreros por sus rasgos raciales de movimientos reformistas (antirracistas y feministas), y también para alejar a revisionistas y reaccionarios tránsfobos y homófobos de las masas obreras.

(1) “La familia patriarcal fue en otros tiempos considerada también como la única forma posible de familia, presidida por un padre-amo, cuya voluntad era ley para todos los demás miembros de la familia. Aún en nuestros tiempos se pueden encontrar en las aldeas rusas familias campesinas de este tipo. En realidad podemos afirmar que en esas localidades la moral y las leyes que rigen la vida familiar son completamente distintas de las que reglamentan la vida de la familia del obrero de la ciudad. En el campo existen todavía gran número de costumbres que ya no es posible encontrar en la familia de la ciudad proletaria. […] Hubo un tiempo en que la mujer de la clase pobre, tanto en la ciudad como en el campo, pasaba su vida entera en el seno de la familia. La mujer no sabía nada de lo que ocurría más allá del umbral de su casa y es casi seguro que tampoco deseaba saberlo. En compensación, tenía dentro de su casa las más variadas ocupaciones, todas útiles y necesarias, no sólo para la vida de la familia en sí, sino también para la de todo el Estado. La mujer hacía, es cierto, todo lo que hoy hace cualquier mujer obrera o campesina. Guisaba, lavaba, limpiaba la casa y repasaba la ropa de la familia. Pero no hacía esto sólo. Tenía sobre sí, además, una serie de obligaciones que no tienen ya las mujeres de nuestro tiempo: hilaba la lana y el lino; tejía las telas y los adornos, las medias y los calcetines; hacía encajes y se dedicaba, en la medida de las posibilidades familiares, a las tareas de la conservación de carnes y demás alimentos; destilaba las bebidas de la familia, e incluso moldeaba las velas para la casa. ¡Cuán diversas eran las tareas de la mujer en los tiempos pasados! Así pasaron la vida nuestras madres y abuelas. Aún en nuestros días, allá en remotas aldeas, en pleno campo, en contacto con las líneas del tren o lejos de los grandes ríos, se pueden encontrar pequeños núcleos donde se conserva todavía, sin modificación alguna, este modo de vida de los buenos tiempos del pasado, en la que el ama de casa realizaba una serie de trabajos de los que no tiene noción la mujer trabajadora de las grandes ciudades o de las regiones de gran población industrial, desde hace mucho tiempo.” A. Kollontai El comunismo y la familia (1921)

(2) https://twitter.com/danimayakovski/status/1410012016698351618?s=12